¿Por qué silencio?

En un día laborable cualquiera, si nos paramos a observar el ajetreo de la vida metropolitana, vemos: a gran cantidad de personas con sus auriculares, conversaciones a gran volumen en el transporte público, música en los supermercados, el ruido del tráfico, de las obras, de todo tipo de actividad humana.

Incluso fuera de las calles,  en la mayoría de los hogares se conectan las televisiones evitando el silencio con el fin de relajarse, pero lo único que se logra es seguir escuchando el ruido de la sociedad. El silencio nos apabulla.

En esta vida acústica repleta de ruido,  perdemos el contacto con nosotros mismos, con lo que realmente sucede, con el momento.

 ¿Por qué silencio?

«El silencio crea la rara oportunidad de detenerse y de sumergirse en la quietud, de generar intimidad con la propia mente. Con mucha frecuencia, tenemos cosas que hacer, lugares a los que ir y personas a las que ver. Esta vida tan ajetreada hace que la mente esté siempre colmada y reactiva. Cuando emprendemos el viaje que nos lleva a sintonizar con nuestra propia mente deteniéndonos en la quietud, entramos en un nuevo reino de experiencias que puede sorprendernos en todo momento… Hay quienes inician el silencio con la expectativa de que sus mentes se quedarán vacías muy pronto, y se encuentran con que sucede justo lo contrario. Vivir junto a una colmena ajetreada no es tarea fácil, y entrar directamente en una aún lo es menos.

La quietud permite que la mente se “asiente” lo que hace posible percibir la sutileza de las delicadas estructuras de las funciones mentales. La quietud no es lo mismo que el vacío de actividad; es como una fuerza estabilizadora».

Fuente: Daniel Siegel, Cerebro y Mindfulness pp.87